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FELIPE III quebró en una ocasión. Para recaudar fondos, recurrió a la venta de cargos y a sustituir temporalmente las monedas de plata por otras de cobre sin valor alguno.

Hubo un tiempo en que España fue un imperio, pero era un gigante con los pies de barro. La historia de la ruina económica de nuestro país comienza en 1556, prácticamente desde el mismo momento en que Felipe II accedió al trono de la nación. El nuevo soberano se encontró con que además de la corona, su padre, el emperador Carlos I le había dejado una herencia indeseada: una descomunal deuda cuyo origen se remontaba a 1519, fecha en la que el padre de Felipe II optó al título de Rey del Sacro Imperio Romano Germánico.

Endeudados por un capricho real  
Dicho título no se heredaba, sino que era concedido por un comité de notables formado por siete príncipes que escogían al elegido. Para conseguir el título, Carlos tuvo que sobornar a los notables pagando 850.000 florines de oro, una cifra astronómica para la época. ¿Pero de dónde salió aquella suma? De un préstamo del banquero alemán Jakob Fugger.

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