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Es una escena tan antigua como las reuniones humanas alrededor de las hogueras: la luz nocturna atrae a un enjambre de insectos que revolotean de forma errática. En el arte, la música y la literatura, este espectáculo es una metáfora perdurable de las atracciones peligrosas pero irresistibles. Sin embargo, a pesar de siglos de observación, la ciencia apenas acaba de desentrañar el misterio de por qué ocurre.

Un equipo de investigadores de Imperial College London, la Universidad Internacional de Florida y la Universidad de Florida ha dado con la respuesta, publicada en la revista Nature. Y no, no es que los insectos sean suicidas o estén confundidos con la luna. La razón es mucho más sencilla y fascinante: los insectos dan la espalda a la luz.

El experimento: grabando miles de vuelos

Para resolver este enigma, los científicos capturaron vídeos de alta velocidad de insectos alrededor de diferentes fuentes de luz, tanto en laboratorio como en dos ubicaciones de campo en Costa Rica. Al analizar las trayectorias, descubrieron que ningún modelo existente explicaba su comportamiento.

Lo que observaron fue que una gran cantidad de insectos orientaban sistemáticamente sus espaldas hacia las luces. Este comportamiento se conoce como respuesta dorsal a la luz. En la naturaleza, los insectos utilizan la luz del cielo (que suele ser más brillante que el suelo) para mantenerse en la orientación adecuada durante el vuelo. Al hacerlo, mantienen el control y saben dónde está arriba y abajo.

💡 Clave del hallazgo: Los insectos no se sienten atraídos por la luz en sí, sino que intentan orientar su espalda hacia ella, confundiendo las luces artificiales con el cielo.

El problema de las luces artificiales

El problema surge con la iluminación artificial. Cuando un insecto vuela cerca de una bombilla, su instinto le dice que debe colocar su espalda hacia esa luz. Pero al ser una fuente de luz cercana y no el cielo, este movimiento les hace girar alrededor de la luz, trazando órbitas que parecen un baile hipnótico.

Este mecanismo explica por qué:

  • No vuelan directo a la luz: su objetivo no es chocar contra ella, sino orientar su espalda hacia la fuente.
  • Dan vueltas en círculo: el movimiento orbital es el resultado de intentar mantener la espalda apuntando a la luz mientras vuelan.
  • A veces se estrellan: cuando vuelan directamente sobre una luz, se voltean boca abajo para darle la espalda, lo que puede provocar una caída abrupta.

¿Por qué los insectos son tan vulnerables?

La pregunta que surge es: ¿por qué los insectos, los voladores más antiguos y diversos del planeta, recurren a una respuesta que los deja tan expuestos? La respuesta podría estar en su pequeño tamaño.

Los animales más grandes, como los humanos, tienen órganos sensoriales (como el sistema vestibular en el oído interno) que les permiten percibir la gravedad y saber hacia dónde está el suelo. Los insectos, en cambio, tienen estructuras sensoriales muy pequeñas y durante maniobras rápidas, la aceleración no les da una buena indicación de su orientación.

Apuestan por la luz del cielo, que durante millones de años ha sido una señal fiable para mantener el rumbo. Las luces artificiales, relativamente recientes en la historia evolutiva, "hackean" este sistema y los confunden.

El creciente problema de la contaminación lumínica

Con la proliferación de luces LED baratas y brillantes, la contaminación lumínica es un problema creciente. No solo afecta a los insectos, que quedan atrapados y agotados, fácil presa de depredadores y sin capacidad para alimentarse. También altera los ritmos circadianos de otros animales, plantas y humanos.

Afortunadamente, la contaminación lumínica es uno de los problemas más fáciles de solucionar. Basta con apagar un interruptor. Limitar la iluminación exterior a una luz cálida, específica y no más brillante de lo necesario, durante menos tiempo, puede mejorar enormemente la salud de los ecosistemas nocturnos.

Y, como beneficio adicional, reducir la luz artificial nos devuelve la visión del cielo nocturno. Más de un tercio de la población mundial vive en zonas donde la Vía Láctea nunca es visible. Dejar que la noche sea oscura es mejor para los insectos, para nosotros y para el planeta.

Autores del estudio: Samuel Fabian (Imperial College London), Jamie Theobald (Florida International University) y Yash Sondhi (University of Florida).

Este artículo está basado en una investigación publicada en la revista Nature y en el trabajo original de The Conversation.

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