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Dos hermanas se encuentran en una cabaña en medio del bosque en un futuro cercano cuando se produce un apagón. Hay rumores de guerra pero lo que de verdad les interesa a ellas es que puedan tener cuanto antes carburante y electricidad para preparar sus respectivos exámenes. Tanto de ballet como universitarios.

Las historias apocalípticas casi siempre son de supervivencia, circunstancia que no sucede al revés. Patricia Rozema adaptó a la pantalla grande la novela de Jean Hegland, que anuncia un mundo futuro apocalíptico en el que, a pesar de los adelantos conseguidos por el hombre, la ausencia de combustible y de electricidad es prácticamente imposible que puedan paliarse. Como en otros casos, los menos, el posible fin del mundo llega de sopetón, especialmente para un hombre y sus dos hijas que habitan en una cabaña situada en medio de un bosque de la Costa Oeste norteamericana y a decenas de kilómetros de lo que pudiéramos llamar civilización.

Prácticamente, con cinco personajes y unos pocos planos en el bosque ya tenemos película. Su hermana pequeña, Nell –Ellen Page- se encuentra con su novio, Eli –Max Minghella-, antes de regresar a sus estudios en la cabaña y citarse para la semana próxima. De repente, se quedan sin luz. Se habla de un posible ataque terrorista y en un último viaje acusan la falta de combustible. Poco después, la radio deja de funcionar y el padre muere en un accidente al talar un árbol.

Las chicas se quedan solas, únicamente con veinte litros de gasolina que se ven obligadas a racionar. Deben cambiar Internet por los libros y aprender a sobrevivir. Dos hombres se acercan a su vivienda. Eli vive unos días de amor con Nell, pero decide marcharse a la Costa Este, pues hay rumores de que en Boston todo ha echado andar como lo conocían meses atrás. Aquí no hay zombis, muertos vivientes o plagas provocadas por extraterrestres. Simplemente, el apocalipsis llega y las dos protagonistas deben juntar sus esfuerzos, olvidar sus sueños, y aplicarse en la subsistencia. Lejos de Hacia rutas salvajes –Into the West, 2007-, no hay un deseo imperioso de contactar con la naturaleza y descubrir el sentido de la vida. En este relato, hay dependencia de los adelantos tecnológicos, pero su ausencia supone el drama.

La directora se ha decantado por un relato sin ofrecer una sola distensión en su puesta en escena. El guión no es una disculpa para apreciar la naturaleza. Tampoco hay explicaciones o motivos. Los hechos se suceden, sin más.

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