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Al hilo de la entrada dedicada anteriormente a los terribles efectos de las armas medievales, esta estará dedicada a un detalle que, aunque escabroso, no deja de resultar de interés. Me refiero a los restos humanos encontrados que, por la marca indeleble de las heridas recibidas, muestran que fueron rematados tras caer, bien como consecuencia de una herida, bien por haber simplemente perdido el equilibrio o tropezado durante el combate y haber quedado a merced de sus enemigos, o bien tras la batalla, cuando se procedía a aliviar de sus miserias a los heridos del bando derrotado y aliñarlos de un certero golpe para que dejasen de berrear.

Como cabe suponer, el golpe fatal se propinaba en la cabeza y con armas sumamente contundentes. Los ejemplos que veremos a continuación no dejarán lugar a dudas: los que los recibieron fueron escabechados en un santiamén, lo cual no dejaba de tener sus ventajas en una época en que la curación de las heridas era poco menos que milagrosa, y la agonía a la que se veían abocados sumamente espantosa, entre tremendos dolores y viendo como el miembro herido se gangrenaba en cuestión de pocas horas, aspirando el hedor de la propia carne ya en putrefacción. Qué desagradable, ¿no? Bueno, vamos al grano...

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