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Durante la gestación, el feto no tiene un papel pasivo, sino que intercambia células con la progenitora y se ayudan mutuamente. Si hay una situación embarazosa por definición para la mujer, son los nueve meses que preceden al nacimiento de su hijo. Para ayudarle no están sólo la familia o la sociedad, sino, además, el propio bebé, según refleja un informe científico sobre la comunicación materno-filial en el embarazo presentado ayer en la Asociación de la Prensa madrileña por expertos de la Universidad de Navarra.

El Informe Células madre y vínculo de apego en el cerebro de la mujer, elaborado bajo la dirección de Natalia López Moratalla (catedrática de Bioquímica y Biología Molecular) y Enrique Sueiro Villafranca (doctor en Comunicación Biomédica), resume en 18 páginas los últimos avances publicados en revistas como Nature, Science, Cell, PNAS o TRENDS in Neurosciences. En el campo de la embriología, se hace referencia a estudios de Nature, según los cuales la división asimétrica del embrión humano en su primer día de existencia generan un eje dorsal-ventral que determina la forma del cuerpo.

Sin rechazo El informe detalla también el proceso mediante el cual, al implantarse en el útero en su segunda semana de existencia, el embrión envía información al sistema inmune de su madre para que lo considere diferente al propio organismo pero no peligroso. Esta tolerancia se inicia a petición del embrión, a través de sustancias que liberan y desactivan las células que generarían rechazo hacia lo extraño: las denominadas asesinas naturales (NK o natural killers); los linfocitos T, tóxicos para las células extrañas; y los linfocitos B, que producen los anticuerpos de rechazo.

Al mismo tiempo, las señales que envía el feto estimulan la producción de neurotransmisores en la madre, como oxitocina (hormona de la confianza), prolactina (que induce la producción de leche) y dopamina (reguladora de movimientos y sistemas de premio-recompensa). La progesterona (hormona sexual femenina) aumenta entre 10 y 100 veces en el cerebro y reduce la respuesta emocional y física al estrés de la mujer. Esto favorece un mejor desarrollo del feto.

Otra investigación constata que la experiencia de la maternidad y la paternidad provoca cambios funcionales en el cerebro. Padre y madre responden con más intensidad al llanto que a la risa del hijo, mientras que sucede a la inversa en quienes no tienen experiencia de la paternidad. La influencia de la paternidad en el cerebro, a la que se denomina “vínculo de apego”, facilita el cuidado al reconocer mejor las necesidades que el niño reclama llorando.

Las investigaciones más novedosas a las que hace referencia este informe son las que tratan sobre el microquimerismo. El fenómeno de la presencia de células de un organismo implantadas en otro se conocía desde 1977, y desde 1996 se sabía que las embarazadas tienen células de sus hijos. En 2005, A. Bayes-Genis y su equipo encontraron cardiomiocitos de origen extracardíaco en el corazón de madres con hijos varones, y determinaron el origen fetal de estas células madre (que por tener el cromosoma masculino Y no podían haber sido generadas por la mujer). La explicación es que, en un proceso genético espontáneo, el bebé envía a la madre células que ayudan a regenerar su corazón. Más en: La Gaceta
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