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La relación entre ejercicio físico y naturaleza es una especie de suerte que solo algunas disciplinas físicas llegan a alcanzar. Una unión que quizás explica la fuerte identificación, de casi sana adicción, que generan los deportes practicados al aire libre y que, en su método, llevan adjunto la obligación de respetar, entender e interpretar el mundo natural. Sin duda, uno de los las más claros ejemplos sería el surf, y todas sus disciplinas relacionadas (kite surf, windsurf, paddle surf, etc).

Porque, por ejemplo, un curso de surf no es solo aprender a “agarrar” una ola con una tabla. Un surfista no tiene más opción que ser también aquel que interpreta y lee el mar para saber cuándo, cómo y dónde van a romper las ondas del mar. El entrar al agua con una tabla es también anticipar con los movimientos de uno mismo los movimientos de las corrientes y de las mareas para llegar al lugar justo en el momento adecuado. Es quizás esta obligada relación de entendimiento con la naturaleza la que convierte al surf en algo que cruza las fronteras del deporte para adentrarse en un terreno más allá, en el que el ejercicio físico se mezcla con otras disciplinas. Incluso el acercamiento menos purista y espiritual al surf reconoce esa parte más interior, de al menos construcción de un respeto por la naturaleza con la que no queda más remedio que entenderse.

Además, también en su parte menos espiritual el adentrarse en el surf sigue teniendo una relación indisoluble con el mundo natural. Esa imagen de la furgoneta con unas cuantas tablas en el techo recorriendo la costa en busca de playas para surfear no es más que una realidad. Porque surfear también es eso, hacer kilómetros, buscar las olas, cogerlas (o intentar cogerlas) y comer algo alrededor del fuego. Al final, como en otras tantas cosas en la vida, la forma en la que se camina tiene tanta o más importancia como el punto final del camino. Y es que, ¿quién ha dicho que cabalgar una ola sea mejor que dormir bajo el manto de las estrellas en con el sonido del mar de fondo?

 Por razones como esta, lo que a un ajeno a este deporte le puede parecer chocante y exagerado en un principio, la casi que religión que en ocasiones se forma alrededor del surf, acaba por ganar más sentido al darle esta interpretación global. Ese es uno de los principios básicos aprendido en todas las escuelas de iniciación al surf: el entenderlo como una comunión de deporte, naturaleza y viaje. Entender el surf es entender a disfrutar el mundo.

Por todo ello, una experiencia de este calibre es casi que un punto obligado en la lista de cosas que hacer en la vida. Ya sea en las mundialmente conocidas playas de Guipúzcoa, en los salvajes arenales gallegos o en las templadas aguas mediterráneas, el surf es la disciplina ideal si lo que buscas no es solo deporte, sino algo más allá.

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