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A lo largo de la Edad Media misioneros, conquistadores, mercaderes y aventureros recorrieron Europa y, cada vez con más frecuencia, se alejaron de ella explorando nuevas rutas a lugares ignotos. En algunos casos pudieron volver y relatar lo que vieron con sus propios ojos, oyeron contar a los lugareños o directamente inventaron confiando en la credulidad de un público que a menudo no distinguía la realidad de la fantasía. Narraciones en las que entraban en contacto con civilizaciones de extravagantes costumbres, criaturas monstruosas e, incluso, el mismísimo Paraíso Terrenal. Al fin y al cabo, para alguien que nunca había visto una jirafa, una caravana de camellos por el desierto o un palacio chino tales cosas podían resultar igual de increíbles —o verosímiles— que un basilisco, una ballena del tamaño de una isla o un reino de extraordinarias riquezas gobernado por un sacerdote-rey descendiente de los Reyes Magos.

 

Pese a la precariedad de los medios de transporte y de las vías de comunicación (en buena parte heredadas del Imperio Romano) los habitantes de la Europa medieval resultaron ser bastante viajeros. En el aspecto material, la escasez de propiedades privadas —al fin y al cabo las tierras pertenecían a cada señor feudal— no facilitaba precisamente el sedentarismo, mientras que en un plano espiritual mantenían una concepción cristiana de la vida como un viaje “por el valle de las sombras” en el que todos somos peregrinos. De manera que los estudiantes universitarios eran jóvenes errantes que usando el latín como lengua franca vagaban entre Salamanca, París, Bolonia, Oxford… los trovadores y juglares viajaban por palacios y ciudades ofreciendo su talento,  los caballeros andantes y los llamados “justadores” iban de un torneo a otro demostrando su valor, mientras que otras profesiones como la de los pastores, arrieros y segadores también requerían una gran movilidad geográfica. Incluso los propios reyes y señores fueron grandes viajeros. Felipe II de Borgoña por ejemplo llegó a cambiar de residencia más de 100 veces al año. Los motivos que los impulsaban podían ser participar en cacerías, presenciar torneos y coronaciones o comprobar sus posesiones y de paso dejarse ver por sus súbditos. Por ello debían hacerse acompañar de grandes séquitos: en lo que a ostentación del poder se refiere, estos eran el equivalente nómada a construir grandes palacios o castillos. El rey Alfonso VI de León y Castilla viajaba a finales del siglo XI con un séquito de 226 personas, unos 200 caballos y 51 carros, así como varias vacas y ovejas. Entre el personal que le acompañaba, además de soldados, mayordomos y mozos de cuadra, también se encontraban capellanes, escribanos, juglares, halconeros y trompeteros, entre otros. No se privaban de nada.

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