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Imagen: Reeddesign
El 15 de mayo de 1948, el teniente Paul H. Fackler, del 514th batallón de reconocimiento meteorológico de EEUU, se despistó por unos instantes y penetró con su avión en el interior del hongo nuclear de una de las bombas que el ejército estaba detonando en las islas Marshall. Durante casi 40 varios minutos, Fackler y sus hombres atravesaron la nube radioactiva a bordo de su Boeing WB-29 y, a pesar del alto nivel de radiaciones, salieron ilesos del percance.


Tal vez sin quererlo, su hazaña ya había colocado una semilla en la mente de las autoridades militares: la idea de enviar aviones tripulados al interior de aquellas nubes radioactivas quizá no era tan descabellada.
Durante los siguientes años, tal y como cuenta Mark Wolverton en la excelente Airspace Magazine, el Ejército de EEUU envió a decenas de pilotos a penetrar en el interior de los hongos nucleares con equipos especiales que analizaban la composición de la nube y sus restos radioactivos. Bajo el mando del propio teniente Fackler, se formó un escuadrón ‘radiactivo’ que surcaba el cielo tras las explosiones que el ejército llevaba a cabo en Nevada y el Pacífico. Aquellos pilotos, del denominado 4926th Test Squadron, penetraron en el interior de las nubes de las 16 detonaciones nucleares que el ejército llevó a cabo sistemáticamente sobre territorio estadounidense.


La periodista Eileen Welsome aseguró en 1999 que es muy posible que “ningún otro ser humano haya estado tan cerca del corazón de una explosión nuclear” como aquellos hombres. Y repasando los testimonios que aquellas incursiones tal vez tuviera razón. “Es un lugar oscuro e hirviente”, aseguró uno de los pilotos que atravesaron aquella ardiente mole. La mayoría de ellos describió el interior del hongo atómico como una “turbulencia brillante”, “de color rojo ladrillo”, un lugar con unas temperaturas extremas y en el que los indicadores podían dejar de ser fiables en cualquier momento.


A pesar de la presurización y de todas las medidas de seguridad, aquellos pilotos se expusieron a niveles de radiación que después se considerarían disparatados. Durante una de las misiones, los pilotos recibían más de la dosis admisible para un año, y después eran evacuados cuidadosamente y puestos bajo la ducha hasta que el contador Geiger dejaba de pitar con insistencia.

Sorprendentemente, la única baja oficial de aquellos experimentos fue la del capitán Jimmy Robinson, quien perdió el control y cayó al agua con su caza F-84 el 1 de noviembre de 1952, tras penetrar en la nube de Ivy Mike, la primera bomba termonuclear detonada sobre las islas Marshall. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Enlace: Into the Mushroom Cloud (Air&Space Magazine)
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