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Que las especies invasoras representan uno de los mayores peligros para la biodiversidad no deja lugar a dudas. La reciente publicación de un catálogo por parte del Gobierno de España, y la regulación de su comercio y tenencia es muestra de ello, lo cual es un paso muy importante en la lucha contra este problema. El catálogo está compuesto por 136 y 200 más potencialmente invasoras.

Uña de gato (Carpobrotus Edulis)

Esta normativa se ha aprobado con la intención de frenar el efecto perjudicial que las especies invasoras tienen en nuestro patrimonio natural.

Una forma sencilla de clasificar a las especies invasoras es según la forma en que han sido introducidas. El primer grupo sería el de las voluntarias. Animales o plantas foráneas que han llegado de la mano del hombre, generalmente por un interés comercial. Dentro de este grupo se pueden distinguir dos casos: organismos introducidos directamente en los ecosistemas y traídos para su explotación comercial, que después se han escapado y asentado en los ecosistemas.

Un ejemplo claro del primer grupo sería el siluro (Silurus glanis), un pez que alcanza en los ríos españoles un tamaño enorme, y que se introdujo en 1974 con la intención de promover la pesca deportiva. Al no encontrar depredadores o competidores se asentó en unos ecosistemas que le proporcionan grandes fuentes de comida.

Visón americano (Mustela vison)

En el segundo grupo encontramos dos ejemplos muy claros. El primero es el del cangrejo americano (Procambarus clarkii). Al principio se criaba en piscinas, fuera del medio natural, pero se escapó de allí y comenzó a naturalizarse. Viendo en ello una oportunidad de negocio, se produjeron numerosas introducciones en distintos lugares, siendo ahora mismo un habitante habitual de los ríos y cuerpos de agua de la península ibérica que ha llevado a la extinción casi total del cangrejo autóctono o de patas blancas (Austropotamobius pallipes).

Un segundo ejemplo sería el del visón americano (Mustela vison), escapado de granjas de peletería, en algunos casos de manera accidental, y en otros por la mano de activistas quizá bienintencionados, pero mal informados. Se podría añadir el caso de las mascotas exóticas, como la cotorra argentina (Myiopsitta monachus) o el galápago de Florida (Trachemys scripta), animales de compañía liberados cuando sus dueños se cansan de ellos, y que pueden llegar a provocar muchos problemas ambientales.

Cangrejo americano (Procambarus clarkii)

En cuanto a la introducción involuntaria, a aquellos organismos que llegan de manera inadvertida entre las mercancías o las aguas de lastre de los barcos, destacan dos ejemplos. El primero es la hormiga argentina (Linepithema humile), que llegó probablemente en cargamentos de grano, y el mejillón cebra (Dreissena polymorpha), que se introdujo en nuestros ríos pegado al casco de los barcos, y está provocando graves problemas en embalses y otras infraestructuras hídricas.

¿Cómo han llegado hasta aquí?

Para entender cómo afectan estos organismos a los ecosistemas es importante conocer cómo funcionan las invasiones biológicas.

El primer paso en la invasión biológica es la introducción de la especie. Cuando un organismo se encuentra en un ecosistema al que no ha llegado de manera natural, es considerado una especie alóctona, o introducida. Estas introducciones pueden ser voluntarias, bien sea para cazarlas o pescarlas, o como animales de compañía; o involuntarias, si llegan mezclados con productos agrícolas, en las aguas de lastre de los barcos o entre la ropa de los viajeros. Todas las especies invasoras son introducidas, pero no todas las introducidas son invasoras.

El siguiente paso es la naturalización, que la especie sea capaz de desarrollar una población que se asiente en el ecosistema. Un pequeño grupo de individuos de una especie introducida no provocan una invasión si no son capaces de reproducirse y sobrevivir en estado salvaje. Cuando el número de individuos comienza a crecer y a afectar a las especies de un ecosistema, nos encontramos frente a una invasión biológica.

Siluro (Silurus glanis)

Aún así, no todas las invasiones son igual de peligrosas. Los biólogos consideran como un factor importante el concepto de distintividad, una traducción un poco extraña del término inglés "distinctiveness". Cuando una especie invasora en muy distinta (evolutivamente hablando) de cualquier otra presente en el ecosistema, es más difícil que los miembros del ecosistema reconozcan dicho organismo y sepan cómo protegerse de él, por lo que su efecto será mayor.

[Relacionado: Listado del catálogo español de especies invasoras]

La virulencia de una invasión va decreciendo con el tiempo, hasta llegar a un punto en que la especie invasora está plenamente asentada y ha pasado a formar parte del ecosistema. Cuando esto ocurre, su erradicación puede resultar más perjudicial que beneficiosa, y el daño causado será mayor.

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