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En los ex jugadores de la NFL se aprecia una sobreactividad para las mismas tareas. Imagen: Hampshire et al

Quedan dos minutos de partido y el running back enfila una carrera hacia el fondo de la pista. Un instante después, un defensa se cruza en su camino y sus cabezas chocan con violencia. Ambos se levantan, se quitan el casco y caminan un poco aturdidos. Parece un lance más del juego, pero en sus cerebros se ha producido una fuerte sacudida.

Se calcula que un jugador de fútbol americano recibe al menos cuatro impactos violentos en la cabeza cada temporada y centenares de pequeñas colisiones como ésta que hacen chocar el cerebro con las paredes del cráneo. Hasta hace poco se pensaba que estos episodios eran inocuos, pero las evidencias han puesto encima de la mesa una realidad bien distinta.

Los científicos han detectado que en muchos de estos deportistas aparece una enfermedad degenerativa conocida como Encefalopatía Traumática Crónica (ETC). Cuando se les realiza la autopsia, sus cerebros tienen un aspecto similar al de un enfermo de alzheimer. El asunto se ha convertido en una preocupación nacional en Estados Unidos por la sucesión dramática de casos en los que estos jugadores se han suicidado o han tenido una muerte violenta.

Los últimos dos casos, los de Junior Seau y Dave Duerson, han sido especialmente dramáticos: ambos se quitaron la vida con un disparo en el pecho para preservar la cabeza y que las familias pidieran el estudio de sus cerebros. El análisis confirmó que sus sospechas eran ciertas.

Pero, ¿cómo afecta la práctica de este deporte a la actividad cerebral de los jugadores aunque no aparezca la temida encefalopatía? Para comprobarlo, el equipo de Adam Hampshire ha realizado un estudio comparando la actividad cerebral de 13 exjugadores de la liga profesional NFL y 60 voluntarios sanos y les ha sometido a una serie de pruebas mientras registraba la actividad de su cerebro. El resultado, publicado en la revista Scientific Reports, apunta a que las personas que han jugado a este deporte presentan una serie de disfunciones ejecutivas y cambios en la conectividad como consecuencia de los impactos.

Comparativa de la actividad cerebral entre jugadores y controles. Imagen: Hampshire et al

En la figura que ves sobre estas líneas, por ejemplo, puedes el resultado de una serie de resonancias magnéticas funcionales de ambos grupos. Las barras de la izquierda indican la conectividad en los jugadores y las de la derecha, la conectividad del grupo de control. Lo que han visto los científicos es que se produce una hiperactividad de determinados circuitos (más actividad para la misma tarea) y una conectividad menor en el lóbulo frontal, que se correlaciona además con el número de impactos que cada jugador sufrió durante su vida deportiva.

Llama la atención que estas diferencias se apreciaron cuando se realizó un examen con escáner, pero no en las pruebas ejecutivas. Lo que indican estos resultados es que los exjugadores deben reclutar más áreas del cerebro para realizar las mismas tareas cognitivas, y esto puede provocar un deterioro general del sistema a largo plazo. Aún así, se necesita repetir este tipo de pruebas a mayor escala, y con más ex jugadores voluntarios, un colectivo, apuntan los científicos, al que no es fácil convencer para participar en estos experimentos.

Referencia: Hypoconnectivity and Hyperfrontality in Retired American Football Players (Scientific Reports)

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